El México de Bernardo Aja

En memoria de Diego de Ybarra.
Los distintos puntos de vista de extranjeros que han estado en México nos dan una idea de su complejidad. En el caso de artistas como Rugendas, las pinturas muestran a un país de una gran belleza, colorido y pintoresco. Al igual que el diario de Mme. Calderón de la Barca, también del siglo XIX, su obra refleja a un pueblo lleno de vida y rico en costumbres, ideal para quien hace de la observación un arte. Aunque los claroscuros están presentes -en un momento dado, por ejemplo, Mme. Calderón de la Barca habla de los peligros al recorrer el país-, en general el conjunto de lo que describen es positivo. Más adelante, en el siglo XX, Salvador Dalí y André Breton declaran a México un país surrealista, a caballo entre el sueño y la vigilia, entre la locura y la cordura. Graham Greene y Malcolm Lowry fueron menos benévolos. El primero compara su estancia aquí con una probada del infierno; en cuanto a Greene… mejor olvidar sus palabras.
Bernardo Aja es un fotógrafo español que, por su trayectoria, debería tener más años de los que tiene en realidad. Pero no me detendré en lo mucho que abarca su obra a nivel internacional, sino en dos de sus proyectos relacionados con nuestro país: Entre Muros y Agnosis. Como su nombre lo indica, lo que sucede en Entre Muros forma parte de la vida privada. En el interior de las casas que vemos en esta serie de fotografías, los personajes parecen aferrarse a un pasado propio de un grupo que comparte la nostalgia por formas cada vez más anacrónicas. Algunos miran a la cámara con seriedad, otros duermen en cualquier parte, flotan bajo un candil, se ocultan detrás de una cortina o juegan con un niño sin perder la compostura. Los escenarios son extravagantes, insólitos. Afuera, las fachadas nos transportan en el tiempo y nos llenan de preguntas: ¿Quiénes viven en esa hacienda a punto de caerse? ¿Cuál es su historia, de dónde vienen? Queda la sensación de un universo aislado.
Agnosis es un proyecto ambicioso. En las fotografías de una parte de él, vemos a madres que buscan a sus hijos bajo la tierra. Llevan una herramienta puntiaguda que encajan en el suelo y luego huelen para saber si deben cavar ahí. Van en grupo, no vemos a ninguna mujer que busca sola, tampoco hay hombres, ni nadie que represente alguna forma de autoridad. Los paisajes son sobre todo áridos, es fácil imaginar el sol de mediodía y el polvo en los campos secos. Llaman la atención las expresiones de las madres, la dedicación con que llevan a cabo la búsqueda. Al igual que en Entre Muros, no parece haber juicios en las fotografías; el contenido es, sobre todo, estético.

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